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La gorda abrió la reja y lo saludó con un murmullo que no pudo entender. El griterío de los chicos que jugaban en el patio se repetía como surgido de un tiempo circular. Entró a la dirección a firmar y no había nadie. Al salir, Rosita, la maestra de primero, se le cruzó con una sonrisa:
-La dire Mabel quería hablarle, profe.
Agradeció con una sonrisa. Quedó pensando en el usted con que no se lo solía tratar.
Más adelante, en el pasillo interno, Dorita, la de cuarto, conversaba de puerta a puerta con Yani, la de tercero. Le pareció que se silenciaban un segundo al verlo. Lo saludaron.
Entró al aula vacía. Revisó el pizarrón y borró palabrotas. En la silla había un chicle, que quitó con el dorso del borrador. Escribió la fecha. Se acercó a la ventana y espió un día con glicinas y chicharras que cantaban.
-Buenas tardes, Ramón –lo saludó la preceptora.
-Eso: “¿cómo le va Ramoncito?”- se burlaba Joaquina.
-¡Uy!... –agregaba Isabel. –Me parece que lo andan buscando, profe...
El grupo de varones entraba ahora, más desordenado y a empujones.
-¡Profe: choque esos cinco!¡Aguante el rojo!... –gritaba Luciano.
Tres, cuatro chicos más entraron y lo saludaron chocándole las manos. Se sentaron y siguieron haciendo ruido un rato más. Buscó en su mochila y desplegó la fotocopia de un afiche.
-¿Y eso qué es, profe? –gritó alguno desde el banco.
-¿Qué nos va a dar?¡No hagamos nada, profe!...
Levantó la mano como para que callaran, pero no lo hicieron. Arrancó un pedacito de cinta scotch y pegó el afichito en el pizarrón. Ahí sí hicieron silencio y se acercaron.
-¿Qué es? ¿Qué dice?
Hasta Perro, en el fondo, había alzado la mirada. Se miraron. Perro no hablaba con nadie pero lo miraba a los ojos. De nadie como de él se hablaba tanto. Sabían que robaba, que era el que levantaba coches de una banda, que a veces andaba armado. Venía si se le ocurría o vaya saber cuándo.
-¿Qué es?
-Un concurso de guiones de cine, chicos. Lo organiza la provincia.
-¿Qué?
-Que el gobernador de la provincia, el ministerio de educación de la provincia hicieron un concurso para escribir el libreto de una película.
-Nosotros no sabemos nada de esas cosas.
-Yo tampoco. Pero puedo leer y tratar de enseñarles.
-¿Es por plata? ¿Cuánto van a pagar?
Negro se acercó como si alguno lo hubiera empujado. Le habló cara a cara:
-¿Nosotros vamos a ganar? ¡Diande! ¡Es pura joda, don: nosotros no entramos!
Realmente estaba nervioso. Le puso la mano en el hombro y eso pareció distenderlo un poco.
-Bueno: acá dice que podemos participar todos. Podríamos intentar participar y ver si es cierto.
Rafa saltó:
-¡Sabés quién lo va a ganar? Los de San Martín lo van a ganar. Los de las privadas. Nosotros no ganamos ni mierda.
El coro de carcajadas duró un rato.
-Es un maleducado profe: métale un uno -dijo Luisa Peyrano.
-Luisa, Peyrano: ¡agarrámela con la...! –le cantó Rafa.
-¡Rafa! –intercedió. Se sentó por fin. Algunos se sentaron desordenadamente en el pupitre de otros, por estar más cerca. Otros, volvieron a sus asientos.
-Participemos, profe. Sí... ¿Qué hay de premio?
Leyó:
-Un viaje a una provincia, a elección de ustedes. Con todo pago y por una semana. Se filmaría el video del tema que gane y el grupo que hubiera hecho el guión saldría filmado en el mismo video con un reportaje. Ese video iría luego a un concurso nacional con todos los que hubieran ganado del país.
-¡Uh! ¡Seríamos artistas! ¡El Pedorro iría a la Mirta Legrán! ¡La gorda Gorosito estaría con la vaca de la Giménez!
Otra vez las carcajadas brotaron enloquecidas. Esperó e hizo el gesto de que tenía algo que decir. Se callaron.
-¿De qué escribiríamos?
-¡De cómo lo cagaron a balazos a Moravia en el coche robado! ¡Con eso ganamos!
-De la guerra entre los tucumanos y pierristas, profe! ¡Hay balas cada noche!
Levantó el brazo como quien detiene una tropa.
-Con eso no ganaríamos, me parece, chicos.
-Nosotros no vamos a ganar nunca, profe. No diga macanas. Eso es puro joda. –Rafa no se había ido de su lado, y tenía por sonrisa una mueca fea y desesperanzada.
-¿Por qué, Rafa?
Rafa suspiró:
-Usted sabe. ¿Por qué me pregunta? Y si alguna vez ganáramos algo, nos currarían feo. Es trucho. Todo es trucho.
-Hagamos una cosa, Rafa. La verdad es que a mí también me parece que son truchos, pero vamos a hacerlo. ¿No te parece bien sacarles la careta?
Rafa sonreía.
-Repito: ¿de qué escribiríamos?
-Si escribimos de la villa no nos ven ni de regalo. ¿De qué corno vamos a escribir si no sabemos otra cosa?
-Eso es feo para escribir profe -agregaba Peyrano.
Pensó un momento, pero era en lo que había dicho Rafa, que pensaba.
-Sabés, Rafa: muchas veces tenés razón. Si ustedes solamente saben hablar de la villa, van a hablar de la villa. ¿Por qué no contamos estas ganas de ganar y de la falta de confianza que les tienen a todos? Si no les dan el premio, por lo menos se enterarían de lo que piensan de ellos. Yo les hago preguntas y voy escribiendo. Después lo pulimos...
Inesperadamente los chicos se habían ido a sus asientos y estaban callados. Sorprendido, buscó una causa, que halló detrás, en el hueco de la puerta.
-Buenos días, Mabel- la saludó. También estaba la preceptora, que entró y se puso frente al curso. Mabel lo invitó a salir con un gesto. Sintió le había aflorado una sonrisa boba, no correspondida, como de costumbre. Caminaron a la dirección. Mabel comenzó a hablar sin mirarlo:
-Parece, Ramón, que alguien obtuvo un desplazamiento sobre sus horas...

Carlos Alberto Roldán
Carlos Alberto Roldán
Enviado por Carlos Alberto Roldán em 16/10/2006
Código do texto: T265812
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Sobre o autor
Carlos Alberto Roldán
Argentina, 69 anos
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Carlos Alberto Roldán