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werewolf

                                               

    Esa noche regresé angustiado a casa. Sin atender en absoluto los reproches que hacía mi esposa, subí las escaleras y me encerré en el baño. La ventana carecía de cristal en un extremo, y como no encendí las luces, pude ver con claridad cómo los árboles se tambaleaban por la acción del viento; la luna se dejaba ver entre ellos y parecía ser acariciada por el movimiento de sus follajes. Comprendí entonces por qué me sentía mal.
Siempre creí ser poseedor de un don maravilloso: la capacidad de amar, de amar con locura, de crear y morir por causa del amor;  como jamás me había acercado a semejante ideal a través de mis relaciones con el mundo, una imponente frustración se tuvo que desarrollar dentro de mí. Encontré en la literatura de terror, en los temas de licántropos y vampiros, una buena fuente para nutrir mis originales concepciones y expresarlas con ligera poesía.
El hombre lobo y el vampiro, seres nocturnos y despiadados, buscaban en sus fechorías algo más que la simple realización de la maldad. Su naturaleza verdadera les obligaba a devorar y beber carne y fluidos vitales de sus víctimas con el fin de aliviar una necesidad espiritual y de alcances heroicos. Devoraban y bebían para lograr la fusión completa, la comunión máxima con otro ser. Porque la vida ordinaria los forzaba a querer con debilidad y a sentir con limitaciones, porque las gentes que vivían y trabajaban felizmente a la luz del sol abominaban sus depravados deseos carnales y orgías de amor, se refugiaron en la noche, en las temidas horas de los sueños y las pesadillas paradar rienda suelta a sus obsesiones. Debido a que sus rostros palidecían mientras obraban fuera de los límites del día y sus cuerpos modificaban su aspecto de acuerdo a los imperativos de su actividad, los hombres los encontraron repugnantes, relacionando la monstruosidad de sus crímenes con pactos y ritos del demonio, sin poder entender que aquella era una lucha particular de cada vampiro, de cada lobo-hombre. La urgencia de poseer a una mujer en grado máximo me hacía pensar en la antropofagia como posible solución. Sin embargo, ¿quién habría de querer que se le amara así? Por eso, por no ser capaz de emprender la menor metamorfosis, y porque mi vida se desmoronaba a cada paso, la angustia me asfixiaba entre estas paredes que, por cierto,nada tenían que ver con una cueva o con un recinto de depravación.

Salí del baño, y al ver a mi esposa, sin poderlo evitar, le pedí que me abrazara. Ella aprovechó la situación para lanzarme todo su odio y aplastarme. Me marché y recorrí calle tras calle ahogado en mi propia verguenza. Recordé que mi mujer se había burlado más de una vez de mis instintos; que en el mejor de los casos había considerado mi ambición como un afrodisíaco, como simples palabras sugerentes en los preludios del sexo, como muestra de mi mejor voluntad hacia ella, cuando mucho. Me sentía humillado, humillado salvajemente por la propia conciencia de mi latente necesidad... entonces encontré a María, y María pareció encontrarme también a mí. Olvidé que era casado, que me debía a mi trabajo, que tenía que volver a casa. Pasaron no sé cuántos días y  yo me convertía en una bestia celosa que no razonaba ya y que se cuidaba bien poco del mañana. Ella era mi único alimento, y cada vez que la tomaba veía crecer sin proporción mi ansiedad y mi horror por no poderla poseer realmente. Comprendí que al fin habían llegado los días de la transformación, de la brutalidad del amor, del crimen y la locura a la luz de la luna. Mientras así se lo decía, ella tomaba mis ropas y las registraba, encontrando y guardándose todo mi poco dinero. Yo la miraba sin interrumpir mi confesión, asustado por no poder entender por qué no hacía mucho caso al milagro ni se sublimaba ante el misterio.
¨Lo siento, cariño, pero ya tengo que irme. Tú lo entiendes, ¿verdad? ¨, me dijo con sincera tristeza. La dejé salir sin poder decir  nada, quedándome ahí, inmóvil, a solas con mi amor mortal, blasfemo, gigantesco, sin eternidad, sin esperanza, sin efecto.
valentina
Enviado por valentina em 10/09/2007
Código do texto: T646064
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Sobre a autora
valentina
Nova Lima - Minas Gerais - Brasil, 38 anos
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valentina