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Tríptico.

Lo real

El jueves a las seis de la tarde, el aparato receptor encendido, un juego de luces penetra sutilmente ante ocho pares de ojos, aquellos ojos que mas tarde sufrirán de una enojosa miopía. Si, por supuesto que la comida esta cocinándose, algo que todos quieren oír pero nadie se atreve a preguntar por una tácita consideración pero ¿no podríamos ver otra cosa querido? Tanda de comerciales, momento preciso para ir a orinar, pero no cambies de canal porque la publicidad nos ataca, compren, usen, prefieran, pequeño concierto de ilusiones , absolutamente inmersos en la playa , en aquel mundo se sonrisas curvadas y cuerpos súper curvados ... ¿Beto aun no ha llegado? Silencio, necesitan silencio porque en este momento el héroe se enfrenta valerosamente con los enemigos, ya vendrá , seguro se ha quedado con sus amigos.
INTERRUMPIMOS ESTE PROGRAMA...
Beto sentado en la misma banca, trazando dibujos de tierra con el pie. Anochece y los rateros no importan porque no tiene nada de valor en la bolsa. Fuma, el mar, lo observa, aquel inmenso manto que no responde solo pregunta, invita, seduce lentamente. Laberinto de espejos gigantes, con su imagen monstruosamente deformada, seduce lentamente.
ENCUENTRAN EN EL MALECÓN.

Lo absurdo

Todos duermen. El perro empieza su vuelta numero... el policía, enrosca una vez mas su bufanda, mientras da sonoros sorbos al termo de café. Los carros en su carrera hacia ningún lugar. El campanario oxidado de la iglesia. Las prostitutas, los proxenetas, los parroquianos, la pregunta ¿sales? Los niños construyendo el futuro dentro de bolsas de plástico, un hombre que se arroja al barranco. Discotecas ruidosas, maricones con barba. Monjas rezando rosarios, iglesias vacías, lustrabotas, comidas de siete colores, las cuentas , la plata que no alcanza. El futuro, el pasado... un chico, escribiendo, soñando.

Lo finito

Sí, el ultimo año. Repetirlo en la escuela ¿qué importa? No lo sabe. Juegos, simples juegos donde ganaba el que lo contara mas bonito. La adolescencia, esos cambios que llegaron muy tarde porque cuando lo hicieron, ella ya tenia un hijo. Todo completamente normal, imaginar las mujeres que su cuerpo jamas pudo tener. El tiempo, el reloj, la universidad, el matrimonio, el trabajo, los hijos. Esa casa de la infancia, donde ahora funciona un burdel como para borrar de golpe el ultimo pedazo de orgullo. El mismo circulo, ella, ahora una vieja gorda, sin dientes y con nietos. El, un viejo pelado, con nietos. Una cama, rostros que no puede distinguir. Tristeza porque lo que hizo nunca fue suficiente: lo que debio hacer fue lo que otros hicieron y lo que otros hicieron nunca lo entendió. Un sacerdote, mucho calor. Se muere padrecito, se muere.
Ricardo Miyashiro
Enviado por Ricardo Miyashiro em 24/01/2006
Código do texto: T103172
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Sobre o autor
Ricardo Miyashiro
Peru, 39 anos
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1 e-livros (44 leituras)
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